El 16 de Julio en las costas de Dalian, China, dos grandes cañerías de petróleo explotaron cubriendo sobre 100 km cuadrados del Golfo de Bohai, con una espesa capa de crudo. Desde que en 1989 el Exxon Valdés derramara un total de 11 millones de galones de petróleo crudo en lo que se consideraba hasta ahora el peor desastre ecológico del mundo, se ha hecho imperioso una revisión respecto al uso de los recursos naturales del planeta. La arrogancia del hombre moderno, que presume dominar la naturaleza creyendo que la tecnología es una herramienta infalible, se demuestra tristemente, una y otra vez, como la más penosa de las falacias. El 20 de Abril la “indestructible” torre de perforación petrolera de British Petroleum, ubicada en el Golfo de México, explotó causando la muerte a 11 personas. Como consecuencia se produjo una enorme fuga de petróleo desde tres puntos diferentes del pozo. Los desafíos para controlar las filtraciones son inconmensurables, debido a la abismante profundidad a la que se encuentran (5000 pies). Los esfuerzos por contener esta fuga han sido infructuosos hasta ahora, y la marea negra ya llegó a las costas de Louisiana, aproximándose a las aguas de Florida. El presidente Obama ha propuesto un presupuesto de US$118 millones destinados a aliviar a aquellos afectados por el derrame, los que esperan, será reembolsado por BP, que a la fecha ha respondido por demandas equivalentes a US$53 millones. Se estima que éstas ascienden a US$1.43 mil millones, sin contar el irreparable daño a la flora y fauna silvestre de la zona afectada, la que, a casi 100 días de la explosión, ha sido contaminada por cerca de 180 millones de galones de petróleo crudo, de los cuales sólo se han recuperado 34 millones. Este evento se suma a tantos otros que hacen necesario el desarrollo de vías alternativas de energía.

Por Pilar Ducci
Revista Valles del Sol
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